Por aquellos
días estuve de reposo en casa con un brazo roto. Cuando hube de ducharme vi que
era imposible pues yo solo no iba a poder. Mamá me sugirió que llenase la
bañera y me metiese en ella. Mamá me ayudaría a bañarme tal y como lo hacía
cuando yo era pequeño. Le dije que me daba vergüenza pero ella río. Me metí
entonces a bañarme y ella se aproximó con la esponja para frotarme todo el
cuerpo ante alguna protesta mía. ¡Te estado viendo desnudo toda la vida, ahora
no pasa nada! -me decía-. Intenté relajarme un poco, ella misma me dijo que
estaba tenso con lo del brazo y que me podía hacer daño dentro de la bañera si
me ponía nervioso. Siguió frotando por todo mi cuerpo, el agua y la espuma me
cubrían pero ella no dejó de frotar entre mis piernas y todo, por lo que al
relajarme experimenté una erección y ella lo hubo de notar pues no dejaba de
pasar la esponja y su otra mano libre por allí. Me tenía que incorporar y
taparme con una toalla, pero tenía la polla como un garrote tieso y me daba
vergüenza. Ella dijo que me pusiera de pie que me ayudaría a secarme, pero yo
me negaba, así que casi me obligó a levantarme y mostrarle todo. Dije para mis
adentros: ¡Tu lo has querido!, y me puse de pie casi de un salto, cuando mamá
todavía estaba inclinada sobre la bañera, por lo que mi pene quedo
prácticamente a la altura de sus ojos. Ella sólo exclamó: ¡Vaya, mi niño ya es
todo un hombre!, y procedió a secarme sin que mi erección bajase. La cosa no
pasó de ahí pero mamá hubo de verme con los ojos cerrados mientras disfrutaba
de cómo pasaban sus manos con la toalla por todo mi cuerpo. Después me fui a
dormir terriblemente excitado y con ganas de hacerme una paja; a duras penas
pude meneármela porque yo era diestro y con el brazo roto no podía, así que lo
hice con la mano izquierda y logré correrme con cierto esfuerzo. Pasaron un par
de días y tocaba bañarme otra vez. Mamá acudió a ayudarme y volvió a frotarme
con la esponja. En esta ocasión se recreó, lo hizo despacio, y yo diría que con
cierta malicia. Volví a empalmarme, pero esta vez mi glande se vio sobresalir
de la espuma y mamá se dio cuenta; seguía frotando.
– Mamá, estos
días y con el brazo roto…- le dije-.
– ¿Cómo dices?
No entiendo.
– Mamá, por
favor…- supliqué.
– No te entiendo
hijo mío -dijo-.
Ella entendía
perfectamente, pero me estaba haciendo sufrir. Quería que se lo pidiese, que se
lo indicara con las palabras exactas, así que me encolericé un poco y le solté:
– Mamá, no me
puedo masturbar.
– ¿Y que
significa eso?
– He pensado que
tú…
– ¿Quieres que
yo te haga una paja?
Oírle aquella
expresión, la palabra “paja” me excitó tanto que por poco me lanzó a morderle
las tetas, pero me contuve. Sin embargo, ella misma se desabrochó la blusa
cuando comenzó a masturbarme lentamente sin yo haber dicho nada. Me estaba
haciendo una paja deliciosa y me invitaba al mismo tiempo a meterle mano en las
tetas. Lo hice y minutos después me corrí brutalmente. Mamá era una putita que
comenzó aquel día a dar placer a su hijo.

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