sábado, 4 de febrero de 2017

AMOR MATERNO


Por aquellos días estuve de reposo en casa con un brazo roto. Cuando hube de ducharme vi que era imposible pues yo solo no iba a poder. Mamá me sugirió que llenase la bañera y me metiese en ella. Mamá me ayudaría a bañarme tal y como lo hacía cuando yo era pequeño. Le dije que me daba vergüenza pero ella río. Me metí entonces a bañarme y ella se aproximó con la esponja para frotarme todo el cuerpo ante alguna protesta mía. ¡Te estado viendo desnudo toda la vida, ahora no pasa nada! -me decía-. Intenté relajarme un poco, ella misma me dijo que estaba tenso con lo del brazo y que me podía hacer daño dentro de la bañera si me ponía nervioso. Siguió frotando por todo mi cuerpo, el agua y la espuma me cubrían pero ella no dejó de frotar entre mis piernas y todo, por lo que al relajarme experimenté una erección y ella lo hubo de notar pues no dejaba de pasar la esponja y su otra mano libre por allí. Me tenía que incorporar y taparme con una toalla, pero tenía la polla como un garrote tieso y me daba vergüenza. Ella dijo que me pusiera de pie que me ayudaría a secarme, pero yo me negaba, así que casi me obligó a levantarme y mostrarle todo. Dije para mis adentros: ¡Tu lo has querido!, y me puse de pie casi de un salto, cuando mamá todavía estaba inclinada sobre la bañera, por lo que mi pene quedo prácticamente a la altura de sus ojos. Ella sólo exclamó: ¡Vaya, mi niño ya es todo un hombre!, y procedió a secarme sin que mi erección bajase. La cosa no pasó de ahí pero mamá hubo de verme con los ojos cerrados mientras disfrutaba de cómo pasaban sus manos con la toalla por todo mi cuerpo. Después me fui a dormir terriblemente excitado y con ganas de hacerme una paja; a duras penas pude meneármela porque yo era diestro y con el brazo roto no podía, así que lo hice con la mano izquierda y logré correrme con cierto esfuerzo. Pasaron un par de días y tocaba bañarme otra vez. Mamá acudió a ayudarme y volvió a frotarme con la esponja. En esta ocasión se recreó, lo hizo despacio, y yo diría que con cierta malicia. Volví a empalmarme, pero esta vez mi glande se vio sobresalir de la espuma y mamá se dio cuenta; seguía frotando.
– Mamá, estos días y con el brazo roto…- le dije-.
– ¿Cómo dices? No entiendo.
– Mamá, por favor…- supliqué.
– No te entiendo hijo mío -dijo-.
Ella entendía perfectamente, pero me estaba haciendo sufrir. Quería que se lo pidiese, que se lo indicara con las palabras exactas, así que me encolericé un poco y le solté:
– Mamá, no me puedo masturbar.
– ¿Y que significa eso?
– He pensado que tú…
– ¿Quieres que yo te haga una paja?
Oírle aquella expresión, la palabra “paja” me excitó tanto que por poco me lanzó a morderle las tetas, pero me contuve. Sin embargo, ella misma se desabrochó la blusa cuando comenzó a masturbarme lentamente sin yo haber dicho nada. Me estaba haciendo una paja deliciosa y me invitaba al mismo tiempo a meterle mano en las tetas. Lo hice y minutos después me corrí brutalmente. Mamá era una putita que comenzó aquel día a dar placer a su hijo.


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